Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.
Esta divina prisión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.
¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga:
quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.
Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza;
muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.
Mira que el amor es fuerte;
vida, no me seas molesta,
mira que sólo me resta,
para ganarte perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero
que muero porque no muero.
Aquella vida de arriba,
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva:
muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.
Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.
COMENTARIO
ORALIA MELÉNDEZ
“El tema central de la obra es el propio de la poesía mística: la unión perfecta con Dios. No obstante, cuando una persona no sabe de poesía mística y escucha el poema, reconoce lo que dice literalmente, porque se refleja en un sentimiento que ha experimentado. El yo poético habla del amor que le hace sentir su alma enajenada, pero, a la vez, libre; le provoca tanto gozo, que ya desea, desesperadamente, desatarse de las cosas que la retienen para irse con su amado. Expresa un arrobamiento tal, una excitación tan apremiante, que nos recuerda lo ajeno que resulta el mundo para nosotros cuando estamos experimentando el sufrimiento lejos de nuestro amor.
Como puede apreciarse, los poemas místicos exaltan el alma y, de alguna manera mágica, la energía de amor apresada en sus palabras, abre una suerte de puerta espiritual que nos prepara para recibir el sentimiento más maravilloso que puede existir: el amor, en su dimensión imperiosa, la perfección divina. Pero, si no estamos preparados para recibir a Dios, si desconocemos su sagrada vehemencia, después de leer, escuchar o analizar en clase un elixir poético, el alma queda hechizada y embelesada en un suspiro, lo cual la deja en un estado peligroso, pues herida en éxtasis es completamente vulnerable y capaz de enamorarse con su más fuerte pasión de alguien que esté cerca, sin siquiera poder razonar si el elegido es conveniente. La fuerza del espíritu arrebata al cerebro y lo desarma, no ve, no oye, y el pecho es como una llamarada ardiente que ruge y es capaz de incendiar los ojos de quien detenga su mirada en el fuego de esa pasión enardecida, sin poder comprender siquiera qué marejada ardiente ha sido la que ha podido impactar así su corazón. Esa llama puede ser peligrosa, porque puede unir en confusión a dos almas desconocidas a través de una vía inusual, la refracción de la asombrosa fuerza cósmica del Amor de Dios.”
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